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El intelecto sublevado

...Y recuerdo que fue entonces cuando, por primera vez, contemplé a los dioses. Danzaban entre las llamas transparentes y rojas sobre la tea resinosa, allá donde las montañas galopan tras las montañas. Han transcurrido más de cuarenta años, yo tenía catorce y acompañaba a mi abuelo Henri a una excursión por las majestuosas laderas del pirineo. Nos encontrábamos en el interior de una cueva donde habitó el hombre del paleolítico superior hace 35.000 años. En una magistral y heteróclita pintura rupestre, aparentemente inextricable, allí... estaban los dioses.

Nuestro anónimo e incipiente sapiens, en medio del inhóspito periodo glaciar, en un inmenso esfuerzo de escritura analógica, ideográfica, sin palabras, había impreso todas sus ideas abstractas sobre los espíritus, los demonios, la naturaleza y, sobre todo... los dioses.

Sin duda, se creía con la fuerza suficiente para someter a esas potencias superiores, se había dado cuenta del poder y habilidad de la observación y les había conjurado a realizar actos extraordinarios, dominar los elementos y hasta variar la marcha de las estrellas...
El intelecto sublevado

Ulises ilustre de las regiones del pensamiento...


Fueron los mejores años de mi vida. Mi abuelo, cual Ulises ilustre de las regiones del pensamiento. Maestro y amigo incomparable; humanista, crítico... profundo. Recuerdo que cuando él hablaba, sus ojos graves y lentos se posaban sobre el interlocutor.

El aire a su alrededor parecía volverse más ligero y sus palabras parecían grabarse con letras de fuego en lo más profundo del espíritu. Aquellas enseñanzas en forma de silogismos me hacían ojear las páginas del universo como un libro de inacabables secuencias.

Desde mis primeros años de adolescente me inició en el razonamiento abstracto, en concebir términos de permutaciones fluidas, en lugar de plantear los problemas con el simplismo de las enseñanzas tradicionales.

Me abrió las puertas al estudio del conocimiento, desde Anaximandro de Mileto y la cosmogonía de Pitágoras a la física aventurada de Heráclito, a Posidonio, el vástago curioso de los grandes jonios, Cleantes y las primeras teorías del átomo de Leucipo y Demócrito.

Del concepto de unidad e inmutabilidad de Parménides, a Epicuro y Lucrecio; al Hexámetro de Quintiliano (dónde, cómo, cuándo, qué, quién y... por qué) y juntos, leímos y releímos el prodigioso Sidereus nuncius de Galileo, el Mensajero de las estrellas...

Más tarde el racionalismo de Descartes, pasando por el pluricentrismo de los innumerables mundos de Giordano Bruno. La teoría analítica de probabilidades matemáticas de Laplace, desde Newton al espíritu combativo y contradictorio de Voltaire, Kant y la filosofía crítica del conocimiento; el ensayo del entendimiento humano, de Locke. Tantos y tantos otros... los positivistas, Comte, Hume, Condorcet. La pluralidad y sustitución del conocimiento.

Y así, juntos, leímos y releímos...

Me enseñó a sumergirme en las ciencias como en un arte y en la filosofía crítica y racional del conocimiento, donde no se pretende hallar, como sucede en la filosofía o la metafísica, la causa de las cosas, sino las leyes que las rigen.

No se llega en un día. Se necesitan años, muchos años de ejercicio; el acuerdo a veces tan difícil entre la inteligencia y la voluntad, la única forma de penetrar por esa "puerta estrecha" en la inmensidad del universo invisible. Los libros de mi abuelo, la biblioteca. Pasé la mayor parte de mi infancia, de mi juventud, en la biblioteca de mi abuelo y retrospectivamente, a lo largo de mi vida los recuerdos de esa biblioteca asumieron proporciones épicas. Se convirtió en mi mundo, y se hizo tan ilimitada como el universo transfinito. Los libros... fue como encontrar mi familia espiritual.

Amparado en los recónditos fueros uno escoge a sus maestros como en una iniciación. Al principio no se percibe la onda que ha sido tendida hacia nosotros. Han de pasar los años para notar que ya no vemos con los ojos de antaño. A esa transformación de nuestro pensamiento, quedan atadas nuestras líneas vitales. Somos aquello que nos da forma...

Y ¡cómo no recordar aquel pequeño, vetusto y entrañable telescopio alemán de principio de siglo! Con él me enseñó a identificar las constelaciones y las estrellas: Alfa Centauro, Beta Perseo, Orión, Pez Austral, Osa Menor, Cisne, Sirio, Vega... Y durante los veranos, en la noche del 24 al 25 de agosto, realizábamos el ritual de observar a la estrella Régulus en la constelación Leo y ser testigos del mágico instante en el cual desaparecía de la esfera celeste... La vigésima estrella más brillante del firmamento, esa noche, quedaba oculta por el Sol, al encontrarse justo en su eclíptica.

Y recuerdo que fue entonces...

... cuando paseábamos al atardecer, entre los robledales y los hayedos. Eran los últimos días de la vida de un ser cultivado en el humanismo más puro...

— ¿Qué sucede, Enrique, por qué te detienes?

— ¡Mira abuelo, estas flores, no he visto antes nada igual! — Me incliné para acercarme a las campanillas de tallo fino, de un suave dorado, poco visibles con el reflejo de la tierra.

Él asintió con la cabeza, sonriendo.

— Sólo se encuentran en este prado y en aquel otro de allí. — Me dijo, indicando el oeste. — Y la mayoría de la gente nunca las ha visto, pues tan sólo florecen durante tres o cuatro días.

— ¡Pero casi es de noche! — insistí. — ¡Y todavía están abiertas!

— ¿Sabes una cosa? —me dijo, apoyando su cálida mano sobre mi hombro. — Ni siquiera tienen nombre... Cuenta la tradición que, al ser su vida tan corta, no se atreven a cerrarse.

Todavía siento en mi pecho, como si los nervios tuviesen recuerdos independientes, la profunda melancolía y frustración que yo sentía ante mi incapacidad para decirle a mi abuelo cuánto le amaba. Han transcurrido tantos años... pero en la distancia, puedo ver todavía nítido su noble rostro y, en mi memoria, siempre estoy mirándole...

Tiempo. Fue sólo... ayer.


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