Ulises ilustre de las regiones del pensamiento...
Fueron los mejores años de mi vida. Mi abuelo, cual Ulises ilustre de las regiones
del pensamiento. Maestro y amigo incomparable; humanista, crítico... profundo.
Recuerdo que cuando él hablaba, sus ojos graves y lentos se posaban sobre
el interlocutor.
El aire a su alrededor parecía volverse más ligero y sus palabras
parecían grabarse con letras de fuego en lo más profundo del espíritu.
Aquellas enseñanzas en forma de silogismos me hacían ojear las páginas
del universo como un libro de inacabables secuencias.
Desde mis primeros años de adolescente me inició en el razonamiento
abstracto, en concebir términos de permutaciones fluidas, en lugar de plantear
los problemas con el simplismo de las enseñanzas tradicionales.
Me abrió las puertas al estudio del conocimiento, desde Anaximandro
de Mileto y la cosmogonía de Pitágoras a la física aventurada
de Heráclito, a Posidonio, el vástago curioso de los grandes jonios,
Cleantes y las primeras teorías del átomo de Leucipo y Demócrito.
Del concepto de unidad e inmutabilidad de Parménides, a Epicuro y Lucrecio;
al Hexámetro de Quintiliano (dónde,
cómo, cuándo, qué, quién y... por qué) y juntos,
leímos y releímos el prodigioso Sidereus nuncius de Galileo,
el Mensajero de las estrellas...
Más tarde el racionalismo de Descartes, pasando por el pluricentrismo de
los innumerables mundos de Giordano Bruno. La teoría analítica de
probabilidades matemáticas de Laplace, desde Newton al espíritu
combativo y contradictorio de Voltaire, Kant y la filosofía crítica
del conocimiento; el ensayo del entendimiento humano, de Locke. Tantos y tantos
otros... los positivistas, Comte, Hume, Condorcet. La pluralidad y sustitución
del conocimiento.
Y así, juntos, leímos y releímos...
Me enseñó a sumergirme en las ciencias como en un arte y en la
filosofía crítica y racional del conocimiento, donde no se pretende
hallar, como sucede en la filosofía o la metafísica, la causa de
las cosas, sino las leyes que las rigen.
No se llega en un día. Se necesitan
años, muchos años de ejercicio; el acuerdo a veces tan difícil
entre la inteligencia y la voluntad, la única forma de penetrar por esa
"puerta estrecha" en la inmensidad del universo invisible. Los libros
de mi abuelo, la biblioteca. Pasé la mayor parte de mi infancia, de mi
juventud, en la biblioteca de mi abuelo y retrospectivamente, a lo largo de mi
vida los recuerdos de esa biblioteca asumieron proporciones épicas. Se
convirtió en mi mundo, y se hizo tan ilimitada como el universo transfinito.
Los libros... fue como encontrar mi familia espiritual.
Amparado en los recónditos fueros uno escoge a sus maestros como en
una iniciación. Al principio no se percibe la onda que ha sido tendida
hacia nosotros. Han de pasar los años para notar que ya no vemos con los
ojos de antaño. A esa transformación de nuestro pensamiento, quedan
atadas nuestras líneas vitales. Somos aquello que nos da forma...
Y ¡cómo no recordar aquel pequeño, vetusto y entrañable
telescopio alemán de principio de siglo! Con él me enseñó
a identificar las constelaciones y las estrellas: Alfa Centauro, Beta Perseo,
Orión, Pez Austral, Osa Menor, Cisne, Sirio, Vega... Y durante los veranos,
en la noche del 24 al 25 de agosto, realizábamos el ritual de observar
a la estrella Régulus en la constelación Leo y ser testigos del
mágico instante en el cual desaparecía de la esfera celeste... La
vigésima estrella más brillante del firmamento, esa noche, quedaba
oculta por el Sol, al encontrarse justo en su eclíptica.
Y recuerdo que fue entonces...
... cuando paseábamos al atardecer, entre los robledales y los hayedos.
Eran los últimos días de la vida de un ser cultivado en el humanismo
más puro...
— ¿Qué sucede, Enrique, por qué te detienes?
— ¡Mira abuelo, estas flores, no he visto antes nada igual! —
Me incliné para acercarme a las campanillas de tallo fino, de un suave
dorado, poco visibles con el reflejo de la tierra.
Él asintió con la cabeza, sonriendo.
— Sólo se encuentran en este prado y en aquel otro de allí.
— Me dijo, indicando el oeste. — Y la mayoría de la gente nunca
las ha visto, pues tan sólo florecen durante tres o cuatro días.
— ¡Pero casi es de noche! — insistí. — ¡Y
todavía están abiertas!
— ¿Sabes una cosa? —me dijo, apoyando su cálida mano
sobre mi hombro. — Ni siquiera tienen nombre... Cuenta la tradición
que, al ser su vida tan corta, no se atreven a cerrarse.
Todavía siento en mi pecho, como si los nervios tuviesen recuerdos independientes,
la profunda melancolía y frustración que yo sentía ante mi
incapacidad para decirle a mi abuelo cuánto le amaba. Han transcurrido
tantos años... pero en la distancia, puedo ver todavía nítido
su noble rostro y, en mi memoria, siempre estoy mirándole...
Tiempo. Fue sólo... ayer. |