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Conócete a ti Mismo

"... La gente soportará una buena dosis de sufrimiento mientras ésta sea nueva y excitante y se le imponga de manera autoritaria. Un don nadie experimenta una peculiar suerte de servil satisfacción en dejarse engullir en el poder..."

-Elias Canetti

Conócete a tí mismo La oruga procesionaria es la larva de la Cnethocampa processionea y se caracteriza por su forma de avanzar a lo largo del suelo del bosque.

Cada oruga procesionaria avanza con la cabeza pegada a la extremidad posterior de la precedente. A medida que avanzan, se alimentan de hojas de roble, su manjar favorito.
Un científico que investigaba este comportamiento colocó un círculo de orugas procesionarias en torno a un tiesto de flores. Cada oruga tenía su cabeza pegada a la extremidad posterior de la que la precedía.

Estuvieron dando vueltas y más vueltas en torno al tiesto hasta que murieron de inanición y, sin embargo, tenían muy cerca su alimento preferido, hojas de roble. El comportamiento procesionario de las orugas no era adaptativo. Perecieron, por consiguiente, cuando tenían a un paso la solución del problema.

La humanidad se caracteriza por el comportamiento adaptativo, la inteligencia y la libertad de elección, pero la regresión jerárquica ha hecho a la humanidad progresivamente más difícil. Aunque el hombre no está impulsado por un mecanismo instintivo, como la oruga, manifiesta un comportamiento similar. El comportamiento del hombre se encuentra condicionado o dominado por el sistema jerárquico en que vive. El hombre se comporta más como una marioneta que como una oruga. Una marioneta es una figura semejante por su aspecto a un hombre, cuyas acciones se hallan dirigidas por fuerzas externas. La víctima humana de la regresión jerárquica podría describirse como una marioneta procesionaria que realiza los movimientos de vivir, repetir hábitos y llevar a cabo rituales carentes de sentido.

En la actualidad, la marioneta procesionaria se ha impuesto como fuerza social dinámica. Se le denomina el hombre de la calle, la mayoría silenciosa, hombre masa, hombre medio o consumidor.

Por otra parte, la marioneta procesionaria profesional se define como el individuo encuadrado en una organización con quien la sociedad moderna hace funcionar sus organizaciones formales. Es un prototipo; se ha convertido en símbolo de la cultura de la sociedad moderna y representa a la nueva élite. La incrementada especialización ha establecido estrictos criterios para el éxito, de tal modo que el ascenso dentro de la jerarquía se basa en valores oficialmente impuestos como tales. Esto desalienta al potencial individual y sofoca la responsabilidad humana.

Típicamente, la marioneta procesionaria profesional es un hombre que empieza como especialista y utiliza su destreza para lograr ascensos mediante la demostración de sus realizaciones en un trabajo para el que se encuentra objetiva e impersonalmente cualificado. La ironía radica en que el hombre que realiza a la perfección su trabajo concreto obtiene como recompensa el ser obligado a abandonarlo, a elevarse a un nivel superior de atrapamiento. Así es precisamente como se recluta una marioneta procesionaria profesional. Se caracteriza por su falta de responsabilidad en la determinación de la política a seguir; se limita a ponerla en práctica.

Cuando la marioneta procesionaria ocupa un cargo, los fines sociales se definen con relación a los medios socialmente establecidos disponibles para su realización. Dice: "Se puede hacer, así que hagámoslo." Explora el espacio porque existe la tecnología necesaria para ello. Produce armas nucleares que pueden matar varias veces la población del mundo. Produce cientos de frascos de gérmenes, capaz cada uno de ellos de matar a mil millones de personas, y olvida que sólo hay cinco mil millones de personas como víctimas potenciales. ¿Por qué? Porque es un departamentalista que padece parroquialismo, inhibición mental, esterilidad emocional y endurecimiento de las categorías. No proporciona solución a estos problemas, porque las soluciones están en relación con valores responsables y humanistas.

La especialización crea expertos del irresponsable tipo cuya única misión es obedecer al jefe, el cual, a su vez, debe ser guiado por una capa tras otra de reglas, normas, directrices y leyes. La especialización crea la necesidad de una burocracia. La burocracia fomenta un gobierno aún más institucionalizado y completo por parte de la mediocridad.

En la actualidad, la regresión jerárquica afecta a todas las instituciones importantes y contribuye a la extendida indiferencia respecto a la creciente corrupción existente dentro de las instituciones sociales. La regresión jerárquica contribuye a la espiral descendente de desintegración del edificio social de la civilización y a la atmósfera general de ansiedad. Muchos individuos se han convertido en marionetas procesionarias y manifiestan escasa ansiedad, pero los que se inquietan por la regresión jerárquica y la pérdida de personalidad sufren por causa de su consciencia.

Estos inadaptados claman por la necesidad de un cambio, mientras que la mayoría silenciosa adquiere un comportamiento procesionario y acepta la mediocridad en ética, educación, leyes, productos y gobierno.

"... El inútil es el que rodea al mediocre porque no exige"

La pérdida de la personalidad contribuye a la aceptación de la mediocridad, que se convierte entonces en el modelo deseado. Una sociedad regida por la mediocridad es una mediocracia y como tal prospera, manejada por marionetas procesionarias.

La marioneta procesionaria ideal es un individuo que ha sido despojado sistemáticamente de su imaginación, su creatividad, su herencia, sus sueños y su singularidad personal. Ya desde la escuela, si no antes, se le condiciona para enfrentarse con la vida por medio del fraccionamiento de los conocimientos en compartimentalizados cursos académicos. De esta manera, se le prepara para su mecánico papel dentro de la mediocracia.

Todos nuestros medios educativos tienen puesta originariamente la vista en ese "ideal"; toda otra existencia ha de afanarse esforzadamente por ponerse a su nivel, como existencia permitida, no como existencia propuesta. Según va siendo arrastrado a la mediocracia, unas fuerzas irresistibles reprimen las sinceras expresiones de sentimiento y espontaneidad. Posteriormente, los diversos aspectos de su despersonalizado y mecánico trabajo contribuyen a su ulterior pérdida de personalidad, y su única satisfacción se reduce a ajustarse ritualmente a su papel procesionario.

En una mediocracia, el hombre masa es servido por medios masa, lo cual impone inevitablemente una regresión general del gusto y un apartamiento de la excelencia. Como consumidor, la marioneta procesionaria se convierte en una anónima unidad estereotipada (gesto, expresión, actitud, etc., que se adoptan formulariamente) a la que se sirve. Es un cooperador estadístico a la nivelación general del gusto. Es un componente de la cultura de masas, del tráfico de masas, de las modas de masas, de la mortalidad de masas y del gobierno de masas.

La utilización irracional y equivocada de la tecnología (ciencia y conocimiento aplicados) crea una sociedad despersonalizada y estereotipada que produce su efecto en la marioneta procesionaria apartándole de su responsabilidad. Le libera de la necesidad de tomar decisiones. Le hace sentirse seguro siempre que mantenga un comportamiento procesionario. Es víctima de la mediocracia y colaborador a su supervivencia como sistema social por el hecho de convertirse en estereotipado consumidor de productos, propaganda y política.

Despachos, divisiones y departamentos dentro de la estructura productiva y administrativa de la mediocracia tienden a convertirse en organizaciones perpetuadoras de sí mismas y manejadas por individuos que contribuyen intensamente a la contaminación procesionaria. Reglas, reglamentos, leyes y estatutos controlan al individuo e invaden cada vez más aspectos de su vida.

Está convencido que su seguridad depende en manera creciente de las reglas, normas, rituales y registros de su puesto particular, y empieza a manifestar una insensata, estereotipada y, a menudo, viciosa especie de paranoia institucional. Se atribuye más valor a las estructuras organizativas burocráticas internas, las formas y los procedimientos, más que a los resultados. La presión de la mediocracia sobre el individuo ha de ser metódica, prudente y cuidadosa en proteger los rituales del procedimiento. El individuo se somete a la oficialidad formal y a la puntillosa conformidad a los procedimientos rituales. Su fundamental preocupación con la conformidad a las reglas afecta a su producción de resultados. La marioneta procesionaria crónica jamás olvida una sola regla y considera a todo aquel que le rodea como una fuerza destructora que se propone subvertir el sistema y conseguir que se haga algo.

Se valora la competencia en términos de no infringir las reglas. De cumplir el horario. De no entrometerse. De no tomar riesgos. Ni iniciativas.

Donde este comportamiento ritualista tiene lugar dentro de una jerarquía, cada marioneta procesionaria tiende a ocuparse de sus propios asuntos y a no excederse en sus facultades. Puede desarrollar con diligencia la tarea que tiene asignada mientras la regresión y la corrupción destruyen su departamento, su empresa, su sociedad, su nación.

La marioneta procesionaria atribuye mucho valor al hecho de "pertenecer". A nivel de grandes masas, siente un orgullo extraordinario de su nacionalidad, su religión o de su pertenencia a la mayoría. A niveles de dirección media, pertenece a organizaciones de masas, clubes profesionales y sociedades fraternales. A niveles de alta dirección, tal vez prefiera inscribirse en clubes privados y organizaciones de admisión restringida.

La última regresión jerárquica es la mediocridad total que es el premio total del mediocre. Es la mediocracia en que la jefatura política deriva de vender a la marioneta procesionaria un dirigente concebido a su propia imagen. Esto se consigue mediante la utilización de la misma tecnología que se emplea para producir en masa, envasar y vender una amplia gama de productos.

Y así, llegamos a la marioneta procesionaria digitalizada, plegada, doblada y debidamente encauzada. Una nueva casta de iconólatras, iconómanos, iconólogos. Adoradores de imágenes. Los especialistas en ordenadores, desarrollan un tipo de visión túnel consistente en una forma de pensar estadístico-empírico-digital. Estos especialistas tienen una capacidad subdesarrollada para formular sólidos juicios de valor y una capacidad superdesarrollada para el pensamiento digital. Los juicios de valor generales requieren una perspectiva total del sistema, un esfuerzo mental sostenido y un análisis en profundidad. El juicio binario-digital, contrario a lo que cree el iconólatra procesionario, constituye la estructura más arcaica y simple de nuestro cerebro: si-no, arriba-abajo, blanco-negro, bueno-malo, punto-raya, cero-uno, uno-cero.

La marioneta procesionaria digital, habla apasionadamente del supermundo tecnológico y aparentemente superdesarrollado, de comunicaciones globales, libres y democráticos mercados, un mundo en el que cree firmemente y donde siente que tiene la suerte y el privilegio de vivir. Un mundo supertecnológico donde todos los días -¡todos los días!- mueren más de 40.000 niños de miseria, hambre y enfermedades consideradas no fatales; donde todos los años un millón de niños quedan ciegos por falta de vitamina A; donde existen 2.000 millones de desnutridos; 4.100 millones de pobres; de los cuales, 1.000 millones se encuentran en la miseria extrema; 600 millones bajo la plaga del hambre; 1.100 millones son analfabetos absolutos y 1.700 millones carecen de agua potable. Un supermundo, global y digital donde 2.800 millones de seres, la mitad de la población mundial, no saben lo que es hacer una llamada telefónica; un mundo de... bienaventurados.

La marioneta procesionaria ha sido sistemáticamente programada como consumidor. Abriga la creencia de que una vasta tecnología se está esforzando constantemente por suministrarle nuevos y perfeccionados productos. Le vende un jabón que está garantizado como superior a cualquier otro producto de limpieza. Le vende luego aditivos especiales en una gran variedad de colores y formas, polvos, líquidos, tabletas. Después, le vende ingredientes adicionales y nuevas fórmulas. Más tarde, le vende pre-jabones para uso previo al proceso de lavado y acondicionadores para añadir después del proceso.

La marioneta procesionaria tiene la convicción de que se está realizando un gran proceso. Se siente fascinada por los cambios introducidos en los embellecedores de su automóvil, su frigorífico u otros aparatos. Como consumidor, tiene la sensación de ser un partícipe en el progreso. Se identifica con grandes acontecimientos y se enorgullece de logros tales como la televisión digital, o el programa espacial, aunque no haya intervenido para nada en su realización ni verdaderamente los comprenda. Tras una continua dieta de papilla de televisión, la marioneta procesionaria está dispuesta a aceptar al político envasado como algo que vale la pena.

El político procesionario envasado será un reflejo de los valores de la marioneta procesionaria, la cual es un producto de la regresión jerárquica. Y, así, la espiral descendente queda completa, desde el más ínfimo funcionario hasta el puesto más elevado del país.

En una mediocracia bien desarrollada, no existe ningún auténtico dirigente. El dirigente nominal es el último seguidor. Las encuestas de opinión y los ordenadores programan su comportamiento. Si una plebe voluble espera nuevas fórmulas e ingredientes adicionales en otros productos, como se le ha condicionado para esperar, entonces ¿por qué no en sus dirigentes?. Los sondeos de opinión indican que se desea un hombre del pueblo y, en consecuencia, se muestra al presidente en su barbacoa, viendo la televisión, acariciando a su perro o jugando al golf. Cuando la gente se cansa de la vieja imagen, se le muestra al nuevo presidente, y luego al nuevo presidente y después al nuevo presidente, con su nuevo peinado, nueva retórica, nueva imagen, nuevo eslogan.

La política, el periodismo, la cultura, los intelectuales llamados comprometidos. Todos elusivos, equívocos, aproximativos y reticentes. Los grandes medios de comunicación, los monstruos sagrados de la literatura, los llamados expertos y competentes de los innumerables y estériles sectores en los que se divide y subdivide la vieja cultura humanística; Dicen cosas opuestas, sólo, en apariencia: en realidad todos son solidarios en mantener de pie y afirmar el sistema procesionario institucional. Son sus estimulantes orgánicos, sus levaduras. Activos, fanáticos, sectarios, genios de la autolimitación.

En pocas horas o en pocos días manipulan y subvierten los ordenamientos a conveniencia a través de reglas no escritas. Luego instauran otros órdenes, fabrican héroes y hacen que sean venerados como dioses, para después poder derribarlos.

Cuando el oráculo de Delfos dijo "Conócete a ti Mismo", no estaba simplemente hablando en griego, estaba diciendo a toda la humanidad algo acerca de la importancia de adquirir un sentido de identidad. La identidad es tan necesaria para la supervivencia de su integridad individual como lo son para su supervivencia física los alimentos, la ropa y un techo bajo el que cobijarse. El hombre ya no se conoce a sí mismo, pues ha perdido su especial inmunidad a una gran multitud de modernas enfermedades.

Postrado ante un receptor de televisión y expuesto a toda suerte de mentiras acerca de sí mismo, la marioneta se halla indefensa ante las presiones que le rodean. Embargada por un sentimiento de culpabilidad con respecto a su posición social y anhelante de seguridad, se une a los buscadores de rango y se entrega a un paroxismo de competición y conformidad que destruyen sus facultades naturales.

Siente que hay algo terrible en su vida, pero se muestra reacio a admitirlo, aunque tal vez hable de sus problemas en términos de represiones emotivas o lapsos psicológicos. Pero cuando se le interroga, insistirá: "¡Todo me va perfectamente!"

Desde el imperativo socrático, hombres de razón de todos los tiempos nos han instado a que escuchemos el mensaje "Conócete a ti Mismo", pero no nos han dado instrucciones prácticas para que cada uno de nosotros pueda alcanzar ese verdadero autoconocimiento de identidad que engendra el poder de labrar nuestros propios destinos personales.

Nuestras líneas vitales.

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