La oruga procesionaria es la larva de la Cnethocampa processionea
y se caracteriza por su forma de avanzar a lo largo del suelo del bosque.
Cada oruga procesionaria avanza con la cabeza pegada a la extremidad posterior
de la precedente. A medida que avanzan, se alimentan de hojas de roble, su
manjar favorito.
Un científico que investigaba este comportamiento colocó un
círculo de orugas procesionarias en torno a un tiesto de flores. Cada
oruga tenía su cabeza pegada a la extremidad posterior de la que la
precedía.
Estuvieron dando vueltas y más vueltas en torno al tiesto hasta que
murieron de inanición y, sin embargo, tenían muy cerca su alimento
preferido, hojas de roble. El comportamiento procesionario de las orugas
no era adaptativo. Perecieron, por consiguiente, cuando tenían a un
paso la solución del problema.
La humanidad se caracteriza por el comportamiento adaptativo, la inteligencia
y la libertad de elección, pero la regresión jerárquica
ha hecho a la humanidad progresivamente más difícil. Aunque
el hombre no está impulsado por un mecanismo instintivo, como la oruga,
manifiesta un comportamiento similar. El comportamiento del hombre se encuentra
condicionado o dominado por el sistema jerárquico en que vive. El
hombre se comporta más como una marioneta que como una oruga. Una
marioneta es una figura semejante por su aspecto a un hombre, cuyas acciones
se hallan dirigidas por fuerzas externas. La víctima humana de la
regresión jerárquica podría describirse como una marioneta
procesionaria que realiza los movimientos de vivir, repetir hábitos
y llevar a cabo rituales carentes de sentido.
En la actualidad, la marioneta procesionaria se ha impuesto como fuerza
social dinámica. Se le denomina el hombre de la calle, la mayoría
silenciosa, hombre masa, hombre medio o consumidor.
Por otra parte, la marioneta procesionaria profesional se define como el
individuo encuadrado en una organización con quien la sociedad moderna
hace funcionar sus organizaciones formales. Es un prototipo; se ha convertido
en símbolo de la cultura de la sociedad moderna y representa a la
nueva élite. La incrementada especialización ha establecido
estrictos criterios para el éxito, de tal modo que el ascenso dentro
de la jerarquía se basa en valores oficialmente impuestos como tales.
Esto desalienta al potencial individual y sofoca la responsabilidad humana.
Típicamente, la marioneta procesionaria profesional es un hombre
que empieza como especialista y utiliza su destreza para lograr ascensos
mediante la demostración de sus realizaciones en un trabajo para el
que se encuentra objetiva e impersonalmente cualificado. La ironía
radica en que el hombre que realiza a la perfección su trabajo concreto
obtiene como recompensa el ser obligado a abandonarlo, a elevarse a un nivel
superior de atrapamiento. Así es precisamente como se recluta una
marioneta procesionaria profesional. Se caracteriza por su falta de responsabilidad
en la determinación de la política a seguir; se limita a ponerla
en práctica.
Cuando la marioneta procesionaria ocupa un cargo, los fines sociales se
definen con relación a los medios socialmente establecidos disponibles
para su realización. Dice: "Se puede hacer, así que hagámoslo." Explora
el espacio porque existe la tecnología necesaria para ello. Produce
armas nucleares que pueden matar varias veces la población del mundo.
Produce cientos de frascos de gérmenes, capaz cada uno de ellos de
matar a mil millones de personas, y olvida que sólo hay cinco mil
millones de personas como víctimas potenciales. ¿Por qué?
Porque es un departamentalista que padece parroquialismo, inhibición
mental, esterilidad emocional y endurecimiento de las categorías.
No proporciona solución a estos problemas, porque las soluciones están
en relación con valores responsables y humanistas.
La especialización crea expertos del irresponsable tipo cuya única
misión es obedecer al jefe, el cual, a su vez, debe ser guiado por
una capa tras otra de reglas, normas, directrices y leyes. La especialización
crea la necesidad de una burocracia. La burocracia fomenta un gobierno aún
más institucionalizado y completo por parte de la mediocridad.
En la actualidad, la regresión jerárquica afecta a todas las
instituciones importantes y contribuye a la extendida indiferencia respecto
a la creciente corrupción existente dentro de las instituciones sociales.
La regresión jerárquica contribuye a la espiral descendente
de desintegración del edificio social de la civilización y
a la atmósfera general de ansiedad. Muchos individuos se han convertido
en marionetas procesionarias y manifiestan escasa ansiedad, pero los que
se inquietan por la regresión jerárquica y la pérdida
de personalidad sufren por causa de su consciencia.
Estos inadaptados claman por la necesidad de un cambio, mientras que la
mayoría silenciosa adquiere un comportamiento procesionario y acepta
la mediocridad en ética, educación, leyes, productos y gobierno.
"... El inútil es el que rodea al mediocre porque no exige"
La pérdida de la personalidad contribuye a la aceptación de
la mediocridad, que se convierte entonces en el modelo deseado. Una sociedad
regida por la mediocridad es una mediocracia y como tal prospera, manejada
por marionetas procesionarias.
La marioneta procesionaria ideal es un individuo que ha sido despojado sistemáticamente
de su imaginación, su creatividad, su herencia, sus sueños
y su singularidad personal. Ya desde la escuela, si no antes, se le condiciona
para enfrentarse con la vida por medio del fraccionamiento de los conocimientos
en compartimentalizados cursos académicos. De esta manera, se le prepara
para su mecánico papel dentro de la mediocracia.
Todos nuestros medios educativos tienen puesta originariamente la vista
en ese "ideal"; toda otra existencia ha de afanarse esforzadamente
por ponerse a su nivel, como existencia permitida, no como existencia propuesta.
Según va siendo arrastrado a la mediocracia, unas fuerzas irresistibles
reprimen las sinceras expresiones de sentimiento y espontaneidad. Posteriormente,
los diversos aspectos de su despersonalizado y mecánico trabajo contribuyen
a su ulterior pérdida de personalidad, y su única satisfacción
se reduce a ajustarse ritualmente a su papel procesionario.
En una mediocracia, el hombre masa es servido por medios masa, lo cual impone
inevitablemente una regresión general del gusto y un apartamiento
de la excelencia. Como consumidor, la marioneta procesionaria se convierte
en una anónima unidad estereotipada (gesto, expresión, actitud,
etc., que se adoptan formulariamente) a la que se sirve. Es un cooperador
estadístico a la nivelación general del gusto. Es un componente
de la cultura de masas, del tráfico de masas, de las modas de masas,
de la mortalidad de masas y del gobierno de masas.
La utilización irracional y equivocada de la tecnología (ciencia
y conocimiento aplicados) crea una sociedad despersonalizada y estereotipada
que produce su efecto en la marioneta procesionaria apartándole de
su responsabilidad. Le libera de la necesidad de tomar decisiones. Le hace
sentirse seguro siempre que mantenga un comportamiento procesionario. Es
víctima de la mediocracia y colaborador a su supervivencia como sistema
social por el hecho de convertirse en estereotipado consumidor de productos,
propaganda y política.
Despachos, divisiones y departamentos dentro de la estructura productiva
y administrativa de la mediocracia tienden a convertirse en organizaciones
perpetuadoras de sí mismas y manejadas por individuos que contribuyen
intensamente a la contaminación procesionaria. Reglas, reglamentos,
leyes y estatutos controlan al individuo e invaden cada vez más aspectos
de su vida.
Está convencido que su seguridad depende en manera creciente de las
reglas, normas, rituales y registros de su puesto particular, y empieza a
manifestar una insensata, estereotipada y, a menudo, viciosa especie de paranoia
institucional. Se atribuye más valor a las estructuras organizativas
burocráticas internas, las formas y los procedimientos, más
que a los resultados. La presión de la mediocracia sobre el individuo
ha de ser metódica, prudente y cuidadosa en proteger los rituales
del procedimiento. El individuo se somete a la oficialidad formal y a la
puntillosa conformidad a los procedimientos rituales. Su fundamental preocupación
con la conformidad a las reglas afecta a su producción de resultados.
La marioneta procesionaria crónica jamás olvida una sola regla
y considera a todo aquel que le rodea como una fuerza destructora que se
propone subvertir el sistema y conseguir que se haga algo.
Se valora la competencia en términos de no infringir las reglas.
De cumplir el horario. De no entrometerse. De no tomar riesgos. Ni iniciativas.
Donde este comportamiento ritualista tiene lugar dentro de una jerarquía,
cada marioneta procesionaria tiende a ocuparse de sus propios asuntos y a
no excederse en sus facultades. Puede desarrollar con diligencia la tarea
que tiene asignada mientras la regresión y la corrupción destruyen
su departamento, su empresa, su sociedad, su nación.
La marioneta procesionaria atribuye mucho valor al hecho de "pertenecer".
A nivel de grandes masas, siente un orgullo extraordinario de su nacionalidad,
su religión o de su pertenencia a la mayoría. A niveles de
dirección media, pertenece a organizaciones de masas, clubes profesionales
y sociedades fraternales. A niveles de alta dirección, tal vez prefiera
inscribirse en clubes privados y organizaciones de admisión restringida.
La última regresión jerárquica es la mediocridad total
que es el premio total del mediocre. Es la mediocracia en que la jefatura
política deriva de vender a la marioneta procesionaria un dirigente
concebido a su propia imagen. Esto se consigue mediante la utilización
de la misma tecnología que se emplea para producir en masa, envasar
y vender una amplia gama de productos.
Y así, llegamos a la marioneta procesionaria digitalizada, plegada,
doblada y debidamente encauzada. Una nueva casta de iconólatras, iconómanos,
iconólogos. Adoradores de imágenes. Los especialistas en ordenadores,
desarrollan un tipo de visión túnel consistente en una forma
de pensar estadístico-empírico-digital. Estos especialistas
tienen una capacidad subdesarrollada para formular sólidos juicios
de valor y una capacidad superdesarrollada para el pensamiento digital. Los
juicios de valor generales requieren una perspectiva total del sistema, un
esfuerzo mental sostenido y un análisis en profundidad. El juicio
binario-digital, contrario a lo que cree el iconólatra procesionario,
constituye la estructura más arcaica y simple de nuestro cerebro:
si-no, arriba-abajo, blanco-negro, bueno-malo, punto-raya, cero-uno, uno-cero.
La marioneta procesionaria digital, habla apasionadamente del supermundo
tecnológico y aparentemente superdesarrollado, de comunicaciones globales,
libres y democráticos mercados, un mundo en el que cree firmemente
y donde siente que tiene la suerte y el privilegio de vivir. Un mundo supertecnológico
donde todos los días -¡todos los días!- mueren más
de 40.000 niños de miseria, hambre y enfermedades consideradas no
fatales; donde todos los años un millón de niños quedan
ciegos por falta de vitamina A; donde existen 2.000 millones de desnutridos;
4.100 millones de pobres; de los cuales, 1.000 millones se encuentran en
la miseria extrema; 600 millones bajo la plaga del hambre; 1.100 millones
son analfabetos absolutos y 1.700 millones carecen de agua potable. Un supermundo,
global y digital donde 2.800 millones de seres, la mitad de la población
mundial, no saben lo que es hacer una llamada telefónica; un mundo
de... bienaventurados.
La marioneta procesionaria ha sido sistemáticamente programada como
consumidor. Abriga la creencia de que una vasta tecnología se está esforzando
constantemente por suministrarle nuevos y perfeccionados productos. Le vende
un jabón que está garantizado como superior a cualquier otro
producto de limpieza. Le vende luego aditivos especiales en una gran variedad
de colores y formas, polvos, líquidos, tabletas. Después, le
vende ingredientes adicionales y nuevas fórmulas. Más tarde,
le vende pre-jabones para uso previo al proceso de lavado y acondicionadores
para añadir después del proceso.
La marioneta procesionaria tiene la convicción de que se está realizando
un gran proceso. Se siente fascinada por los cambios introducidos en los
embellecedores de su automóvil, su frigorífico u otros aparatos.
Como consumidor, tiene la sensación de ser un partícipe en
el progreso. Se identifica con grandes acontecimientos y se enorgullece de
logros tales como la televisión digital, o el programa espacial, aunque
no haya intervenido para nada en su realización ni verdaderamente
los comprenda. Tras una continua dieta de papilla de televisión, la
marioneta procesionaria está dispuesta a aceptar al político
envasado como algo que vale la pena.
El político procesionario envasado será un reflejo de los
valores de la marioneta procesionaria, la cual es un producto de la regresión
jerárquica. Y, así, la espiral descendente queda completa,
desde el más ínfimo funcionario hasta el puesto más
elevado del país.
En una mediocracia bien desarrollada, no existe ningún auténtico
dirigente. El dirigente nominal es el último seguidor. Las encuestas
de opinión y los ordenadores programan su comportamiento. Si una plebe
voluble espera nuevas fórmulas e ingredientes adicionales en otros
productos, como se le ha condicionado para esperar, entonces ¿por
qué no en sus dirigentes?. Los sondeos de opinión indican que
se desea un hombre del pueblo y, en consecuencia, se muestra al presidente
en su barbacoa, viendo la televisión, acariciando a su perro o jugando
al golf. Cuando la gente se cansa de la vieja imagen, se le muestra al nuevo
presidente, y luego al nuevo presidente y después al nuevo presidente,
con su nuevo peinado, nueva retórica, nueva imagen, nuevo eslogan.
La política, el periodismo, la cultura, los intelectuales llamados
comprometidos. Todos elusivos, equívocos, aproximativos y reticentes.
Los grandes medios de comunicación, los monstruos sagrados de la literatura,
los llamados expertos y competentes de los innumerables y estériles
sectores en los que se divide y subdivide la vieja cultura humanística;
Dicen cosas opuestas, sólo, en apariencia: en realidad todos son solidarios
en mantener de pie y afirmar el sistema procesionario institucional. Son
sus estimulantes orgánicos, sus levaduras. Activos, fanáticos,
sectarios, genios de la autolimitación.
En pocas horas o en pocos días manipulan y subvierten los ordenamientos
a conveniencia a través de reglas no escritas. Luego instauran otros órdenes,
fabrican héroes y hacen que sean venerados como dioses, para después
poder derribarlos.
Cuando el oráculo de Delfos dijo "Conócete a ti Mismo",
no estaba simplemente hablando en griego, estaba diciendo a toda la humanidad
algo acerca de la importancia de adquirir un sentido de identidad. La identidad
es tan necesaria para la supervivencia de su integridad individual como lo
son para su supervivencia física los alimentos, la ropa y un techo
bajo el que cobijarse. El hombre ya no se conoce a sí mismo, pues
ha perdido su especial inmunidad a una gran multitud de modernas enfermedades.
Postrado ante un receptor de televisión y expuesto a toda suerte
de mentiras acerca de sí mismo, la marioneta se halla indefensa ante
las presiones que le rodean. Embargada por un sentimiento de culpabilidad
con respecto a su posición social y anhelante de seguridad, se une
a los buscadores de rango y se entrega a un paroxismo de competición
y conformidad que destruyen sus facultades naturales.
Siente que hay algo terrible en su vida, pero se muestra reacio a admitirlo,
aunque tal vez hable de sus problemas en términos de represiones emotivas
o lapsos psicológicos. Pero cuando se le interroga, insistirá: "¡Todo
me va perfectamente!"
Desde el imperativo socrático, hombres de razón de todos los
tiempos nos han instado a que escuchemos el mensaje "Conócete
a ti Mismo", pero no nos han dado instrucciones prácticas para
que cada uno de nosotros pueda alcanzar ese verdadero autoconocimiento de
identidad que engendra el poder de labrar nuestros propios destinos personales.
Nuestras líneas vitales.
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